URGEN GRANDES CAMBIOS

Manuel Sánchez Pontón

 

Es un imperativo categórico sacar al país de la profunda crisis en que cada vez está más sumergido. Y la oportunidad se puede presentar ahora, cuando se avecina la renovación del gobierno nacional.

México es, indudablemente, un país fallido. Lo demuestran sus altos índices de pobreza, ignorancia e insalubridad, que son las características básicas del subdesarrollo. Y las cifras negativas no bajan.

El país marchó bien durante la etapa conocida como “desarrollo estabilizador”. Los gobiernos de Cárdenas, Ávila Camacho, Alemán, Ruiz Cortines y Díaz Ordaz hicieron notables esfuerzos para que México se fuera desarrollando en forma lenta pero firme. En esos gobiernos, las finanzas nacionales fueron cuidadosas. No se endeudó al país, no hubo despilfarros ni –con la excepción del régimen alemanista- corrupción desenfrenada. El país caminaba perfectamente, con una bajísima inflación, estabilidad económica, muy escasas deudas interna y externa de los sucesivos gobiernos. Se hacían esfuerzos para detener la explosión demográfica. De un año a otro el encarecimiento de la vida era  inferior al 2 por ciento. México se dirigía con paso firme hacia el desarrollo y era considerado, por sus propios habitantes, como una jauja, llena de tranquilidad y progreso.

Quien vino a terminar con el orden financiero fue Luis Echeverría, quien se enloqueció con el poder y se consideró futuro candidato a la secretaría general de la ONU o al Premio Nobel de la Paz. Echeverría hizo renunciar a su secretario de Hacienda, el notable financiero Hugo B. Margain y colocó en su lugar a su entrañable amigo desde la adolescencia José López Portillo. Y ambos iniciaron el derroche y el sobregiro que ha continuado desde entonces hasta la fecha. Esto ha debilitado la economía, ha elevado la deuda pública externa e interna, ha provocado una espiral inflacionaria, con devaluaciones y sobresaltos como el del “error de diciembre”, que cometieron entre Salinas y Zedillo.

La moneda nacional tenía un excelente valor que ahora ha perdido. La deuda pública aumenta. Los derroches continúan, los índices de pobreza, de analfabetismo, la insalubridad, crecen.

En cambio, aumentan  la corrupción y la antidemocracia a límites cada vez más serios. A la debilidad económica de la nación y de su gobierno se debe el trato, a patadas, que el nuevo presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, está dando a México.

Es el momento de pensar en grandes reformas nacionales tanto políticas como económicas. De acabar con la corrupción y el cinismo. Demostrado éste por la existencia de ex gobernadores perseguidos por la justicia a causa de su bandidaje. Pero siguen participando grandes corruptos en la política, como es el caso de Josefina Vázquez Mota y Delfina Gómez, a quienes se acusó de escandalosos actos de corrupción desde los altos cargos públicos que han desempeñado. Ahí está la señora Alejandra Barrales, antigua aeromoza, presidenta de un partido “de izquierda”, el PRD, a quien se le descubre, entre otras muchas propiedades, un departamento en Miami, valuado en un millón de dólares.

Debemos dejar de ser un país de cínicos y comenzar una nueva etapa que debe tener como meta principal el desarrollo nacional, empezando por la alfabetización total y de calidad, de la población nacional. Sin este requisito, el país se mantendrá en el subdesarrollo durante largas décadas y quizá hasta por todo lo que resta del presente siglo.

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