2018: UN AÑO DIFICIL

Manuel Sánchez Pontón

 

 

La historia tendrá que dar un vuelco, en México, el año que se avecina. Después de tres siglos de la colonia, uno de las luchas intestinas y uno de la Revolución Social, vendrá una nueva etapa para nuestra nación.

No sólo habrá un cambio de gobierno tan relativamente tranquilo en los ochenta años del PRI (con el desastroso paréntesis panista de los primeros dos años del siglo actual). Habrá cambios profundos porque esto es lo que está sucediendo en todo el planeta: los pueblos, poco a poco, están despertando y quieren sacudirse, en todas partes, de los malos gobiernos.

¿Han sido malos los gobiernos del PRI en los cerca de 80 años de mandato. Ha habido de todo, desde el sexenio cardenista hasta el actual. A partir de 1929, cuando el ex presidente Plutarco Elías Calles, al fortalecer el régimen de partidos políticos y crear el PNR (Partido Nacional Revolucionario), que se convirtió con Cárdenas, en PRM (Partido de la Revolución Mexicana) y más adelante, con Miguel Alemán, en el actual PRI.

Es obligado decir que México le debe al partido de la Revolución nada menos que ocho décadas, si no de tranquilidad, por lo menos de estabilidad. Del sexenio de Cárdenas, 1934-1940, a la actualidad, México ha mantenido una estabilidad política perfecta a lo largo de 15 sexenios completos, sin fallar uno solo. Tal vez no hay otro país en la tierra, que tenga un récord de estabilidad como este.

Pero después de los primeros siete sexenios, de Cárdenas a Díaz Ordaz, en este último caso haciendo a un lado el conflicto estudiantil de 1968, que terminó en masacre, fueron buenos administrativamente. Luego vinieron los sexenios de Echeverría a Peña Nieto (con los de Fox y Calderón arreglados con los Estados Unidos) han sido muy deficientes, especialmente en la parte administrativa, al grado de que la nación atraviesa por momentos difíciles.

El PRI perdió en el actual sexenio mucho de su popularidad, primero por la “apertura” de las empresas petrolera y telefónica al capital extranjero, después por las deudas y devaluaciones, luego por los “gasolinazos”, etc. Ya se vio con cuanta dificultad pudo ganar la elección del Estado de México, hace menos de dos semanas.

Actualmente, el PRI no encuentra un buen “gallo” para presentarlo en la elección presidencial, al grado de que ya piensa en un candidato apolítico pero bien preparado y prestigiado.

Ha surgido, en los últimos años, un político que está con el pueblo y por eso le llaman “populista”, dando una connotación negativa a tal expresión.

Se avizora una gran lucha entre López Obrador y quien quiera que sea el candidato del PRI. Los otros partidos no desempeñarán ningún papel importante, ni siquiera el reaccionario PAN aliado al “progresista” PRD tendrán posibilidad alguna de ganar la elección.

Para complicar más las cosas se habla de crear un sistema de alianzas, que no es como el actual, donde los partidos unen fuerzas sin apegarse a regla alguna. Y también se habla de una tramposa y sucia segunda vuelta, buscando la forma de hacer una especie de “montón”, o sea de montoneros, para derrotar a Morena.

En la democracia se gana, aunque sea por un voto. Y no es necesario tener el 50 o más por ciento para que el triunfo sea legítimo. Hay que considerar que los que no asisten no cuentan para nada en el total de los sufragios. Hasta se ha llegado a idear que el voto sea obligatorio, cosa que de ninguna manera debe aceptarse. El que no quiera ir a votar, pues que no vaya.

Hay todavía otro factor que debe tomarse en cuenta: ¿Aceptará el gobierno de los Estados Unidos, Trump o el actual vicepresidente, que podría ascender al poder a principios de 2018, a un candidato que está con el pueblo, (un populista), o lo vetarán. Éste es otro de los obstáculos que encontrará López Obrador en su lucha por alcanzar el poder.

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