LOS GOBERNADORES ASESINOS

Manuel Sánchez Pontón

 

 

México es considerado en el mundo como un país muy atrasado, especialmente en lo que se refiere a investigación de actos criminales y a la procuración de justicia. Pero lo que seguramente llama la atención de especialistas y estudiosos de la criminología de otras naciones es el cinismo y la desfachatez con que esta situación es tomada por quienes son los responsables de ese hecho.

En el extranjero, cuando se registra un acto de terrorismo, no pasan más que unas cuantas horas para que se sepa quiénes son los culpables, a los que se les detiene o se elimina en el transcurso de unas cuantas horas o de unos cuantos días. En el caso de delitos menos graves, sus autores van a dar a la cárcel en un lapso muy corto y son sentenciados a largas condenas, cuando no a muerte.

En México es sabido que menos de 50 o 60 por ciento de los delitos que se cometen quedan impunes por las razones siguientes: las víctimas no denuncian porque no tienen ni la más leve confianza en las ineptas y corruptas autoridades; si se denuncia, lo más probable es que tanto los cuerpos de policía y de procuración de justicia no trabajen, alegando que la tarea que tienen asignada es excesiva y además mal pagada. Si se logra la captura de criminales, cumpliendo rigurosamente con las normas del debido proceso, los detenidos saben que encontrarán la forma de burlarse del Ministerio Público o del juzgado mediante un “acuerdo” logrado en lo oscurito.

En general, alguna autoridad no sorprende con un éxito en la investigación rápida y la captura de los autores de un crimen. En el Estado de Baja California Sur fue asesinado hace cinco días el periodista Maximino Rodríguez y ya el gobierno local ha logrado la detención de cuatro sujetos que participaron en el crimen.

Pero todo lo anterior es para entrar en materia sobre los escandalosos crímenes cometidos en México y que han provocado indignación entre la opinión pública, y cuyas investigaciones duermen el sueño del justo precisamente porque los que ordenaron tales delitos son nada menos que los respectivos gobernadores de sus pobres estados. No importa que ya se haya escrito mucho sobre tales delitos, porque guardarlos en el cajón del olvido sería tanto como convertirse en cómplice de los delincuentes.

En primer lugar no referimos al bestial asesinato de la periodista chihuahuense Miroslava Breach, registrado el 27 de marzo de este año en la capital del estado norteño. Gobierno, ministerios públicos, policías investigadoras han guardado cínico silencio, por lo que se asegura que el crimen fue ordenado nada menos que por el gobernador Javier Corral, quien está convertido en un troglodita a quien el puesto, largamente perseguido por años, se le subió a la cabeza.

Enseguida viene otro crimen de Estado. El periodista Javier Valdez fue bajado de su auto por presuntos sicarios de la policía, y ultimado a balazos. Una ejecución ordenada, según la mayoría de los indicios, por otro nuevo goberladrón, Quirino Ordaz Coppel, del que se asegura está ligado al narcotráfico. Las autoridades sinaloenses han dado a este crimen el clásico y consabido carpetazo. El asesinato se cometió el pasado 15 de mayo.

Puebla no podía quedarse atrás y el 29 de junio pasado fue escenario de un crimen espantoso que pone los pelos de punta. La hija del viejo luchador social Rubén Sarabia, conocido como “Simitrio”, Meztli Sarabia, fue ejecutada a balazos por cuatro sicarios que llegaron hasta donde ella estaba trabajando, en el Mercado Hidalgo, y la asesinaron de dos disparos. Ante el silencio de las autoridades, la creencia generalizada es que el autor de este homicidio es el ex gobernador Rafael Moreno Valle, quien no se tienta el corazón para cometer los peores delitos, aprovechándose de la protección que le brindan las autoridades.

Y esto, como sucede en todas partes, debería tener una solución: los ineptos, que no sirven para nada, deben ser removidos de sus puestos. Ya es tiempo de comenzar a meter orden en nuestras ineficientes, ladronas administraciones públicas estatales. El que no sirve, que se vaya. México se salvará sólo cuando tenga gobernadores capaces, honorables y esforzados. Pero, además, que no asesinen a sus gobernados.

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