Entreguen celulares, es un asalto

**Crónica de un delito cotidiano

 

 

** Siete de la mañana, Ruta CREE-Madero

 

 

Serafín Vázquez

 

 

Son las siete de la mañana, el día ha amanecido lluvioso. Es un jueves 10 de agosto. Como todos los días, una mujer -a laque llamaremos Claudia- aborda una ruta CREE-Madero rumbo a su trabajo. Lleva su bolsa, un paraguas, el ahora imprescindible teléfono celular, y otros objetos varios.

Ha alcanzado asiento, el autobús suele ir repleto a esta hora, pero las clases no han comenzado, las vacaciones escolares continúan. Todo indica que será un día normal, pero lluvioso.

El chofer, hombre maduro, pero no viejo, va manejando rápido. Toma Prolongación Reforma, la cual cambia de nombre metros adelante. Ahora se encuentra en Forjadores, da vuelta rumbo a Zavaleta y ahí se detiene para subir pasaje, hombres y mujeres. Ya se llenó, tal vez unas diez personas vayan de pie.

Más adelante, cerca de la 25 poniente y Camino Real, suben cuatro hombres jóvenes, rápidamente se distribuyen a lo largo de la unidad, dos sacan armas de fuego, uno se queda en la puerta de subida, junto al conductor. Entonces gritan: esto es un asalto, entreguen rápido sus teléfonos.

Nerviosos, sorprendidos y con miedo, los pasajeros de los asientos delanteros van entregando sus pertenencias. Dos jóvenes se resisten a entregarlos, protestan, desafían con la mirada a los delincuentes. Entonces, golpes -que van acompañados de patadas- vencen el coraje y la ira que sienten las víctimas al verse despojados de sus preciados objetos.

Logrado su objetivo, los asaltantes bajan por ambas puertas. Pasan unos minutos, enojados, los pasajeros también descienden de la unidad. Curiosos que se acercan preguntan qué ha pasado, se solidarizan y llaman a la policía.

La patrulla tarda, sospechosamente no aparece. Las personas tienen que trabajar, se empiezan a dispersar; buscan llegar al trabajo y abordan otras rutas. Perder celular y que todavía les descuenten el día, sería mucha mala suerte.

Al final quedan solo tres mujeres y el chofer, a quien los ladrones no le han quitado nada. Sí, ni su teléfono ni la cuenta, que ha de ser muy poco, seguramente apenas ha de llevar una vuelta, ¿pero y su celular?

Llega la patrulla, toman breves notas para su inexistente reporte, y aconsejan ir a denunciar. Se retiran, seguramente a continuar desayunando.

Las autoridades municipales y estatales presumen la disminución de delitos, la captura de más y más delincuentes. No dejan de posar semanalmente ante las cámaras para presumir que trabajan y trabajan. Los hechos los desmienten.

El chofer, como fiel testigo del ilícito tiene que denunciar junto con las demás víctimas, las pocas que aún permanecen alrededor.

Entonces el conductor comienza su labor de disuasión, a desanimar a las tres mujeres: vamos a perder mucho tiempo, es muy tardado denunciar, mejor si gustan las acerco a su trabajo. Total, no nos pasó nada, dice satisfecho.

Las mujeres desisten, se van.

 

Las preguntas

 

¿No es labor de la policía en este nuevo sistema penal de justicia tomar nombres y datos del ilícito cometido en contra de más de 40 personas?

¿Cuesta mucho desplazar a un ministerio público hasta el lugar de los hechos y facilitar las denuncias?

¿Y los botones de pánico?

¿Este nuevo endeudamiento evitará que más pasajeros sean asaltados?

 

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