Time

Para Gregorio, Jesús y José Luis, mis grandes compañeros de aventura

 

Serafín Vázquez

 

Parece increíble que 1973 se haya ido tan rápido, y que ahora se encuentre muy lejano ese tiempo tan lleno de esperanzas, de idealismo, de juventud.

Pareciera que me encuentro en ese cuarto en el que se escucha música del Acapulco Tropical:

Yo no sé si debo amarte/ porque amándote ya estoy/ si pecado es el quererte/ vivo pecando desde hoy… /Yo quisiera ser el mar/ y que tú fueras las espuma/ para que no te apartaras como del cielo a la luna…

Soñábamos un mundo mejor, queríamos una revolución. Reuniones clandestinas en solitarios cuartos donde se oían fuerte y monótonamente canciones del Acapulco Tropical, y, ya al final, de Pink Floyd:

Time

The sun is the same in a relative way

But you’re older

Shorter of breath

and one day closer to death…

The time has gone,

The song is over,

Thought I’d something more to say.

 

Pero todos terminamos mal: David, en el priismo; Leonardo, encaramado en alguna secretaría del Sindicato petrolero; y yo, pasando gringos de la playa a la Isla de las Sirenas. Soy propietario, yo que renegaba de la propiedad privada, de un pequeño anfibio “Capitán Carlos Mar”, que si bien no deja mucho dinero, al menos me permite viajar a través del mar varias veces al día. Conocer sus aguas, sus quejas, su soledad eterna pese a su majestuosidad.

Las grandes olas irrumpen al caer la tarde y mueven violentamente la embarcación. Entonces el temor de los turistas aumenta, y el mío también, pues sé que el mar nos reclama, nos seduce como cuerpo de mujer: bañarnos en sus aguas, tocar su cuerpo, dormir… sin importarque la muerte aceche.

Soy siempre de los últimos que parten de regreso. Es peligroso, dicen; además los gringos se asustan y ya no quieren que los lleve.

Please, please, que no venga El Capitán Carlos Mar, pareciera que pretende ahogarnos, dicen en un atropellado español a los tripulantes de otras embarcaciones.

No importa. La oportunidad de contemplar el mar tan cerca, de oírlo golpearse y rugir no la voy a desperdiciar. Antes me pasaba horas enteras en tierra contemplándolo, y me llamaba, pero tenía miedo. Hoy estamos juntos para siempre.

Mazatlán, perlita escondida que supo darme mi amor soñado/ Tú fuiste la que me dio bellos amores/ y así poder soñar… Mazatlán…

Ríen y se asombran estos gringos de lo azuloso del mar, de los coloridos peces tropicales, de la música. Beben cerveza y festejan entre bromas y carcajadas. Estos gringos que gustosos han aplaudido a Bush la invasión de Panamá. ¿Porqué culparles?, si después de todo, a nosotros también nos gustaría que Salinas fuera más agresivo, que protegiera a nuestros paisanos allá en Estados Unidos donde seguido mueren. O ya de perdida que invadiera Guatemala o El Salvador o cualquier otro pequeño país vecino y les impusiera nuestras condiciones. Extrajéramos sus materias primas, su fuerza laboral barata, los endeudáramos hasta el cogote.

Please, You are… Les he pedido a quienes van parados se distribuyan por toda la embarcación para repartir el peso y evitar voltearnos.

El mar está picado, llueve, el sol se oculta y las olas se agigantan. Esta vez no habrá puesta de Sol, los gringos no la verán más.

1989 está muriendo, mi mundo se derrumba.El mundo cambia, pero no hay esperanza. Hoy, 29 de diciembre, sé que el pueblo panameño recibirá con júbilo la noticia que yo, El Capitán Carlos Marx, sin arma alguna, los ha liberado de 25 gringos más.

Misión cumplida.

 

Y corres y corres para alcanzar el sol,

Pero se oculta.

 

Él es relativamente el mismo,

pero tú eres más viejo,

te cuesta respirar

y estás más cerca de la muerte.

 

El tiempo se fue.

La canción ha terminado.

 

 

 

Foto Cortesía Alejandro Castro

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