¿QUÉ HACER CON LOS MALOS?

Manuel Sánchez Pontón

 

Cada vez se complica más el problema de la gente mala que hay en este mundo que, en los porcentajes, es cada vez mayor. Tengo un amigo cuyo “modus viviendi” es la venta de libros. Anda por muchos lugares y conoce y trata mucha gente, con la que suele platicar especialmente sobre los temas de actualidad y me dice que “ya la gente mala es mucha, aproximadamente 99 por ciento”.

Hay leyes que pretenden contener un poco la maldad de los  hombres, confinándolos en cárceles, especialmente si son pobres, porque a los ricos se les trata con excesiva finura y se les permite que sigan libres para que continúen llevando a cabo todas las fechorías que se les antojen. Para ello se cuenta con la generosidad y profundo sentido humano de las comisiones de derechos humanos de los delincuentes así como la muy moderna legislación conocida como “sistema de justicia penal ambulatoria” que se creó con el objetivo único de vaciar las cárceles y permitir que los peores criminales, especialmente si tienen dinero necesario para comprar la benevolencia de los jueces, sigan disfrutando de la libertad, que es “el mayor de los dones que a los hombres dieron los cielos, como afirma Don Quijote en sus aleccionadoras y didácticas conversaciones con su fiel escudero Sancho Panza.

Pero si en las cárceles no están todos los que son y si muchos de los que no son pero no tuvieron para pagar a un abogado que los defendiera o un juez que “lo comprendiera”, lo cierto es que en los Estados Unidos, nuestro mal vecino, hay más de 3 millones de presidiarios. Y que, en México, país tercermundista y fallido, los presidiarios llegan a ser 450 mil.

Esto crea un serio problema: ¿cuánto se gasta en mantener a esas grandes cantidades de hombres malos que, por las razones que usted quiera,  no tuvieron la  oportunidad de burlarse de la justicia, como ya lo hizo el archimillonario Emilio Lozoya Austin, quien a su paso  por la dirección de Pemex, la principal industria mexicana que ha convertido en vulgares políticos o administradores en magnates que pueden competir en capital con los jeques árabes , también dueños de los yacimientos de crudo más productivos del planeta.

Pero entrando a los números, que jamás mienten, el mantenimiento de esos  hombres y mujeres (porque éstas, en esta materia, no cantan mal las rancheras aunque corren con mayor suerte que los hombres) cuesta muchísimos millones de pesos, dólares, euros, yenes, rublos, etc.

Veamos, por ejemplo, lo que sucede en México: dar alojamiento, comidas, ropa, atención médica y demás servicios a 450 mil malhechores de todos tamaños, calculando conservadoramente, en promedio, pues hay cárteles de primera, hasta llegar a las de décima categoría, de mil pesos mensuales “per cápita” nos da un total, -si Pitágoras no estaba borracho cuando inventó sus útiles y famosas tablas- alrededor de mil 300 millones de pesos anuales, cantidad que no se la gana uno todos los días.

¿Qué podría hacerse en las cárceles para reducir su costo de mantenimiento? Quizá abrir talleres de muebles y artesanías, oficios varios, imprenta, etc., que pudieran dar servicio a empresas privadas.

Por desgracia,  lo que sucede es lo contrario. Cada vez, el porcentaje de los malos es mayor. La inseguridad crece sin que los gobiernos del mundo entero puedan contenerla y menos en países fallidos y, consecuentemente, atrasados.

Ni modo, hay que seguir conviviendo con los malos y esperar que, con el tiempo, las cosas vayas mejorando. Es lo menos que se puede pedir.

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