LAS BATALLAS DE JULIO

Manuel  Sánchez Pontón

 

 

Para el mes de julio México tendrá dos batallas, una completamente perdida, la del futbol en Rusia y otra completamente ganada, la de la política.

En el torneo de la Copa Mundial de futbol, la selección mexicana tendrá que jugar tres partidos. El primero completamente perdido, frente al equipo de Alemania, que es el fuerte favorito para llevarse el trofeo, y dos más contra equipos medianos como son Corea del Sur y Suecia, con los que lo mismo puede ganar que perder. Si ganara uno y empatara otro, quizá podría llegar a octavos de final pero, ahí sí con escasísimas oportunidades de ganar y de seguir adelante. Esto no es ser pesimista, pero sí es necesario ser realista. De todas maneras, los aficionados mexicanos, más de 30 mil de los cuales decidieron gastarse unos centavitos o endeudarse para saciar sus apetitos futboleros, quedarán satisfechos y, pacientemente dirán: Bueno, pero en 2022 si nos llevaremos la Copa a México. La esperanza es  lo último que acaba.

La otra batalla será interna. El domingo 1 de julio, dentro de sólo 18 días, los mexicanos decidiremos, en la elección de Presidente de la República para los próximos seis años, si seguimos por el mismo camino que no hemos escogido, pues otros se han encargado de seleccionarlo desde las alturas, o si cambiamos completamente en busca de un futuro mejor.

Los dos partidos tradicionales, el PRI y el PAN, se enfrentarán con uno casi nuevo, Morena, representado en la contienda por un político experimentado, con ideas nuevas para combatir la corrupción, la criminalidad, la ineptitud y el desastre del sistema judicial del país.

La contienda sería de extremo interés si PRI y PAN hubieran preparado a lo largo de lo que va de transcurrido del actual sexenio, a buenos candidatos.

Eso no se les ocurrió y al llegar el momento de seleccionar cada uno a su “mejor hombre”, se encontraron con que éste no existía. Tuvieron que escoger, a última hora, a alguien que pudiera hacer al menos un papel decoroso, aunque no ganara.

Pero el caso es que ni eso lograron. La candidatura de Meade, en el PRI, es una muestra de que le faltaron al partido tricolor algunas cartas de la baraja de las que pudieran escoger a un aspirante de categoría que, con el apoyo ya conocido del partido en el poder, una verdadera aplanadora invencible, habría ganado con cierta facilidad a sus contrincantes. No ocurrió así y el PRI sacó de su baraja a una carta débil, como forzosamente tiene que ser el secretario de Hacienda, que es repudiado por los causantes porque sube constantemente los impuestos, además de que crea nuevos. Un secretario de Hacienda no puede ser popular y menos si las finanzas van de tumbo en tumbo con los referido cambios y con los “gasolinazos” y constantes movimientos inflacionarios. Además, el candidato mal seleccionado tiene en su historial algunos pecados como sus enjuagues desde la secretaría de Desarrollo Social, en combinación con la muy deshonesta y desprestigiada Rosario Robles. El PRI no tuvo aspirantes para seleccionar al mejor y se conformó con lo poco que había.

En cuanto al partido de la reacción  nacional, el PAN, estuvo todavía peor. No tuvo de dónde escoger. Los aspirantes eran de bajísima calidad. Hubo un desconcierto total a la hora de buscar abanderado para este 2018 y de esto se aprovechó un vivales sin mérito alguno, que resultó ser también un bribón reconocido que con el manejo del dinero del PAN mantiene a su familia viviendo en la abundancia en la ciudad de Atlanta, en el estado de Georgia, Estados Unidos. Es decir, es un bracero ya capitalizado mediante escandalosos fraudes al fisco y lavado de dinero.

Al tercer hombre, el de Morena, no le costó trabajo encaramarse en la cumbre de las encuestas y de la altísima popularidad logrado en tres sexenios de recorrer el país, tomarle el pulso a la opinión pública y conocer de cerca, mediante el diálogo con el pueblo, las necesidades más apremiantes de la nación. Este candidato tomó una ventaja clarísima y ya no pude haber poder humano que lo derrote.

Así pues, los mexicanos perderemos en el futbol pero ganaremos en nuestro viaje a la democracia y el buen gobierno. Sólo falta esperar que el futuro presidente no nos defraude, olvidándose de sus grandes promesas de campaña. Esto lo comenzaremos a ver, para bien o para mal, un día después de las elecciones, cuando ya se le considere como presidente electo de la nación. Ojalá nos vaya mejor en el camino hacia la democracia que en el camino hacia ganar la Copa Mundial de Futbol, lo que podría ocurrir hasta dentro de 24 o 32 años.

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