Mañana viene mi tío

Fernanda Álvarez

 

** Un niño espera a un tío que nunca habrá de llegar, tema de este breve libro ilustrado con escuetos dibujos en blanco y negro y pensamientos inocentes que mueven la emoción solidaria del lector y hacen eco en quienes sufren la desaparición de seres queridos

 

 

El día que se robaron a Paula, (Mike) apagó su iPod y lo sepultó en lo profundo del bolsillo delantero de sus pantalones de mezclilla. Ese día lo único que todos podíamos oír era el silencio de los celulares. Nada más. Era la tonada del rapto de Paula. Ésa era su canción. Ladi, Jennifer Clement.

¿Cómo dibujar la ausencia, la espera, la esperanza? México, un país que se ha convertido en una lucha por la memoria y la materia: ¿olvidar la voz de quien un día dejó de volver? ¿Desdibujar su figura conforme pasan los días para negar que alguna vez estuvo a nuestro lado? ¿Sacar su ropa del armario, reacomodar la habitación o mudarse de casa? Territorio que nos exige la resignificación constante: verdad, legalidad, consecuencias. Palabras que antaño tenían un peso en la sociedad y que hoy pareciera que viven en un limbo o, sencillamente, en el lado opuesto de su significado. Además, uno va aprendiendo que esas consecuencias llegan desde un ángulo ciego: por salir a la calle con aire despreocupado o sin compañía; por hablar en voz alta y que a alguien, a los de allá, a los otros, no les guste oír lo que dices; o, por qué no, el banal argumento de estar en el sitio equivocado en el momento erróneo. Ésta es una narrativa que poco a poco vamos interiorizando.

Sabemos, desde hace años, que México atraviesa una crisis de seguridad, de impunidad, de cinismo, que no sólo se ha definido por la violencia y la constancia de altos índices de asesinatos, feminicidios, extorsiones o robos, sino por el oxímoron que usan muchas veces, conocido como “levantón”. Una pequeña distracción, un paso dado en el camino de siempre y puede ser que no volvamos al lugar conocido.

Tristemente, nada de esto es nuevo para nosotros. Estas condiciones han ido tejiendo lentamente, a través de los años, esta realidad que nos apuñala. Nos hemos convertido en números: más de 35 mil desaparecidos, afirmó para la BBC en junio de este año Jan Jarab, alto comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en este país.

Cuarenta y tres es nuestro número emblemático, hace ya cuatro años. Ellos tienen nombre:

Abel García Hernández, Abelardo Vázquez Peniten, Adán Abrajan de la Cruz, Antonio Santana Maestro, Alexander Mora Venancio, Benjamín Ascencio Bautista, Bernardo Flores Alcaraz, Carlos Iván Ramírez Villarreal, Carlos Lorenzo Hernández Muñoz, César Manuel González Hernández, Christian Alfonso Rodríguez Telumbre, Christian Tomás Colón Garnica, Cutberto Ortiz Ramos, Dorian González Parral, Emiliano Alen Gaspar de la Cruz, Everardo Rodríguez Bello, Felipe Arnulfo Rosas, Giovanni Galindes Guerrero, Israel Caballero Sánchez, Israel Jacinto Lugardo, Jesús Jovany Rodríguez Tlatempa, Jhosivani Guerrero de la Cruz, Jonás Trujillo González, Jorge Álvarez Nava, Jorge Aníbal Cruz Mendoza, Jorge Antonio Tizapa Legideño, Jorge Luis González Parral, José Ángel Campos Cantor, José Ángel Navarrete González, José Eduardo Bartolo Tlatempa, José Luis Luna Torres, Julio César López Patolzin, Leonel Castro Abarca, Luis Ángel Abarca Carrillo, Luis Ángel Francisco Arzola, Magdaleno Rubén Lauro Villegas, Marcial Pablo Baranda, Marco Antonio Gómez Molina, Martín Getsemay Sánchez García, Mauricio Ortega Valerio, Miguel Ángel Hernández Martínez, Miguel Ángel Mendoza Zacarías, Saúl Bruno García.

Sin nombrar a los asesinados ese día. ¿Cuántos sinnombre nos quedan aún?

¿Qué hemos escuchado una y otra vez con portavoces como noticiarios, gobernadores, algunos periodistas? ¿Dónde quedó la seguridad de andar por las calles, de acabar con la desesperación de unos padres que esperan el regreso de su hijo tras salir de la escuela? ¿Cómo conseguir que deje de suceder que unos hijos deban crecer sin madre porque el trabajo al que se dedicaban las obligaba a salir de madrugada y ese era su peor pecado? ¿Cómo no volverlos culpables porque ante todo “algo habrán hecho” para no haber vuelto, pues “seguro se lo merecían”? En pocas palabras: ¿en verdad se investigan las desapariciones forzadas?

Y entre todas estas tristezas, llega este bellísimo libro: Mañana viene mi tío, de Sebastián Santana Camargo. Y me atrevo a decir bellísimo, porque tiene una sutileza que sólo a través de las imágenes se puede transmitir. El lenguaje, como decía al principio, se ha tornado en algo hueco, vacío, viciado. Así que la imagen y las breves líneas que lo acompañan, demuestran el camino solitario de esa esperanza, de ese deseo de querer que un día se abra la puerta y cruce ese ser querido. Esa persona que nos dirá: perdona, todo fue una broma; perdona, sólo me había perdido.

Santana Camargo nos toma de la mano con sumo cuidado, como si todos fuésemos niños pequeños y asustados, y conforme pasamos las páginas sabemos el final, pero como le sucede al personaje al que vamos acompañando, queremos, con todo el corazón, que esa puerta se abra, su tío cruce el umbral, tome asiento, y escuche todo lo que su sobrino quiere contarle desde hace tantos años. Dice el autor: “Este libro es para todas las personas quienes, a causa de las dictaduras militares, nunca pudieron llegar. Y es para quienes siguen, seguimos esperando a la gente querida que falta. Y que siguen, seguimos, pidiendo Verdad, Justicia y Memoria. Los días siguen pasando. Los años siguen pasando. Se nos van muriendo las personas que esperan y piden, y las personas que saben y se callan. Ya sabemos que es difícil conseguir la verdad, y mucho más la justicia, que hay una orden de silencio, y una práctica política, demostrada en los hechos, de hacer más bien poco, de no mover el estanque, de dejar que la cosa se hunda de a poquito. El dolor, la injusticia, la mentira sigue, pero por eso mismo la lucha sigue, para que la memoria siga viva. Porque ya se sabe lo que pasa con los pueblos y las personas sin memoria.

Mañana viene mi tío nos comparte la ilusión de la espera, la tristeza del tiempo, la empatía de estar en los zapatos del otro a través de los trazos discretos y contundentes de un gran artista. Un libro que conmueve y que no deja tranquilo al corazón. Que se pensó en Uruguay, pero que podría estar en cualquier lugar el mundo.

“Se llama desaparición forzada. (…) Cuando estas cuatro palabras se incorporen al Código Penal Federal y salgan en los periódicos, México posiblemente empezará a reconfigurarse como el país que ha dejado de ser”, dijo Jaime Avilés al prólogo del libro de Federico Mastrogiovanni, Ni vivos ni muertos, publicado en 2014. Han pasado cuatro años… y cada vez nos faltan más. (Tomado de La Gaceta del FCE 574)

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