TRUMP CAERÁ ESTE AÑO

Manuel Sánchez Pontón

Allá por 1978, el presidente de los Estados Unidos, Richard M. (Milhous) Nixon, buscaba su reelección para mantenerse en ese cargo durante cuatro años más, como lo permite la constitución política de esa poderosa nación.

Nixon, como buen político profesional, revisaba a diario la prensa para informarse de su campaña y para estudiar las encuestas. Un buen día notó que estaba perdiendo gradualmente las simpatías de la gran masa ciudadana. Llamó a la Casa Blanca a su colaborador más importante, capaz y de todas sus confianzas, Henry Kissinger, secretario de Estado, y le confió su preocupación, diciéndole:

-¿Qué hacemos, Henry?

El notable diplomático se quedó pensando por algunos momentos y luego respondió:

-Es que la campaña del candidato demócrata ha estado bien dirigida y él ha presentado algunas ideas frescas. Además, ha sabido magnificar los puntos débiles de tu gobierno. Hay que salirle al paso con iniciativas también interesantes que te aseguren el voto de las mayorías. Y sobre todo, ir un paso delante de todas sus críticas para irlas desbaratando a tiempo.

-¿Y cómo podemos adelantarnos si no sabemos los ases que tienen guardados debajo de la manga para ir sacándolos  poco a poco, en el momento que consideren más oportuno?-

-Muy sencillo, Richard. Organizaremos un espionaje tipo FBI en las oficinas centrales de los demócratas, aquí en Washington, en el Watergate-

Nixon, conocido por los yanquis como “dirty, tricky, Dicky” (el sucio y tramposo Ricardito) a causa de sus constantes trampetas, ordenó al FBI que preparara una incursión nocturna de espionaje en Watergate. Los agentes irían disfrazados de plomeros y entrarían al edificio por la noche, para revisar las tuberías.

El plan se llevó a cabo pero con mala fortuna. Los “plomeros” dejaron muchas huellas de su trabajo. Se armó el escándalo esperado, pero de inmediato se supo que los tales plomeros habían sido agentes del FBI. Fue fácil hallar pruebas porque “el trabajito” estuvo muy mal hecho.

El congreso abrió una investigación y, habiendo pruebas, se puso en marcha el “Imlichement” (destitución) que, tras varios meses de lucha entre acusadores y acusados, terminó con la caída de Nixon, quien antes de ser arrojado vergonzosamente del poder, presentó su renuncia.

Watergate fue algo muy grave en una nación donde todo delito, abuso o error se combate “de a de veras”. Y ahora, en los mismos Estados Unidos, el rapaz y tramposo empresario, más pillo que Nixon, pero mucha más torpe y obtuso, está al borde del precipicio, una vez que se ha descubierto que, nervioso ante la certeza de su derrota en las elecciones del pasado mes de noviembre, organizó un baile, “de cachetito”, entre él y el presidente de Rusia, Vladimir Putin, para poner en marcha un plan cibernético de esta era digital, mediante él se desacreditaría, con cargos calumnioso o manipulados, a la candidata presidencial opositora de Donald Trump, para restarle votos. El plan, bien trazado, en el que se utilizaron como materia las redes sociales de Estados Unidos, dio el resultado que esperaban Trump y Putin, considerados por ello como “la pareja del año”. Clinton obtuvo cerca de tres millones de votos de ventaja sobre Trump, lo que le dio el triunfo al candidato republicano.

De comprobarse que la campaña de ataques contra Hillary Clinton, orquestada por los rusos, influyó de manera determinante en el resultado de la elección, se estará juzgando una asociación delictuoso entre Trump y Puntin, lo que es muchísimo más grave que lo del escándalo de Watergate, en el que no participó ninguna potencia extranjera como en este caso.

Y no hay duda de que se hallarán pruebas de la intromisión de una potencia extranjera en la elección presidencial de Estados Unidos. Y si Nixon cayó, peor le irá a Trump, sin equivocación, el peor presidente de la historia de los Estados Unidos. Con la presentación de los hechos, es fácil augurar que Trump se derrumbará más o menos a finales de este año o principios del que viene. Y es que los Estados Unidos son un país serio, no un Estado Fallido donde pueden pasar hasta las cosas más graves sin que pase absolutamente nada.

 

 

 

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