Al Circo / Miguel Maldonado

Serafín Vázquez

 

Contorsionistas que pueden girar la cabeza 360 grados, pero con riesgo de equivocarse con funestas consecuencias. Pues si no la regresa a su sitio en la misma dirección, al dormir volvería a girarla y el ortopedista le ha advertido claramente:

 

No hay quien resista una doble vuelta.

 

O trabarse, y quedar con la cara al revés:

 

Ningún hombre disfruta bailar con quien arquea de más su espalda.

 

Magos que parten a su mujer en dos, y cuyas piernas escapan; payasos que intervienen y exclaman:

 

Esas piernas están locas. Han perdido la cabeza.

 

Pues además insisten en aferrarse a la cintura del equilibrista.

 

Funambulistas -recurra al diccionario- temerarias que han dispuesto -cediendo a la malicia de algún enano- que su último acto lo harán sin protección. Y si caen, tal vez allá abajo haya una manta con un agujero en forma de silueta para amortiguar el golpe, y de pronto:

 

La funambulista ha caído al suelo…

 

Mimos que caen  una y otra y otra vez de columpios imaginarios mientras no descubran las verdaderas causas:

 

!Eureka!, lo has descubierto, los columpios invisibles no resisten tanto peso…

 

Pero vuelve a caer.

 

Leones que al ser domesticados con cariño, “atacan”’ al domador a lengüetazos, que no rugen ni amenazan con sus zarpas, por lo que son agredidos por el público:

 

el primer herido, una leona de apenas once meses; después un tigrillo dislocado por un niño.

 

El caos… entonces tuvieron que intervenir trapecistas y forzudo a la ayuda del domador y sucedió lo insólito en el circo…

 

Un besador -tal vez el payaso tragaluz- que apasionadamente besa a una invisible mujer, y que constantemente es interrumpido por la luz de un reflector que lo sigue a cualquier rincón del escenario. Y su lucha por intentar preservar esa intimidad amorosa de la invasiva luz: la pateará, la atará, intentará fijarla con cinta adhesiva, se la tragará, pero…

 

Entonces se le ocurre algo grandioso: tragarse la luz… se la mete a la boca poco a poco, mordida a mordida… después a dentelladas.

 

También está la Mujer Barbuda y  fuerte; los enanos de quienes el dueño del circo sospecha que son los causantes de todo lo malo que sucede: emborrachar al lanzador de cuchillos, cambiar los de utilería por unos verdaderos, incluso moverse para ser heridos…

El molesto incrédulo que grita que todo es circo, que todo es fraude.

Pues sí, es a esta carpa que nos invita a regresar el poeta Miguel Maldonado. Quizá no Al Circo de nuestra infancia, sino a este otro, de un raro humor negro, que no obstante, nos hace espectadores de los sueños muy humanos de estos personajes, que pese a que se odian, también se aman.

 

“el odio más puro nace de la simple convivencia, del solo roce, ni de la ofensa ni de la envidia; nos odiamos un poco más cada día porque estamos condenados a estar juntos”.

 

Al Circo lo integran nueve relatos muy descriptivos y una breve pieza teatral; carece de índice y cada texto tampoco está identificado por un nombre. La razón es que fue ilustrado por José Clemente Orozco Farías, nieto del muralista mexicano, y cada imagen funciona como título. Las capitulares de cada relato también son imágenes y complementan el “nombre”del relato.

Para finalizar, el libro fue impreso con tipos (letras) móviles, por lo que podríamos decir que estamos ante un libro artesanal y una bella edición. Incluso cada ejemplar tiene un número único.

 

 

Al Circo (fragmento)

 

Mamá viene a tu auxilio, miles de veces te ha dicho que no juegues a los columpios con esos niños. Tú corres, sacudiéndote corres, y te subes a la resbaladilla del parque.

No aprendiste la lección, te has convertido en un popular artista circense que no tiene temple con sus colegas. Lo que sí, te has vuelto precavido. Supervisas los cables, que estén los laterales bien sujetos, palpas el asiento, pruebas la resistencia de peso, sientes la brea y calibras la barra. Todo bien, así lo dices.

Pero ni siquiera te enteraste cómo ha sido que se derrumbó el columpio. El balancín roto y tú tirado sobre el piso.

Adivinaste durante la caída quién te tumbó. Te levantas y lo señalas, es alguien del público, te acercas y lo acusas de haberte movido el trapecio. Encargas a alguien de las gradas que venga y vigile que nadie, por ningún motivo, te mueva el asiento.

 

 

II

Dramatispersonae:

 

El besador, un hombre joven que besa el aire.

Tres personas del público, dos mujeres y un hombre.

 

Sentado frente a una mesa redonda y en medio de la oscuridad absoluta, alguien está besando a una persona que no existe. Aunque el beso se hace al aire, el besador parece ser realmente correspondido, hace los gestos de un largo beso apasionado.

De pronto un reflector lo ilumina bruscamente, el besador que estaba concentrado en su largo beso, se siente invadido en su intimidad y corre la silla a otro lugar, donde el círculo luminoso no interfiera. Instalado fuera del reflector intenta besar de nuevo a su amante de aire. El fanal lo enfoca de nuevo, él recorre la silla pero vuelve a ser enfocado, la recorre y recorre sin lograr evadirse.

Se levanta en busca de una manta, la encuentra y regresa a sentarse. Se cubre con ella la cabeza e intenta besar a la mujer invisible; sin embargo, mientras se encuentra cobijado y besando a la invisible, concentrado una vez más en ese beso apasionado, una luz se enciende desde dentro de la manta, el besador se queda perplejo al ver que la luz aparece incluso bajo las cobijas.

(Cuando la luz se enciende bajo la manta, parece aquel juego de sombras chino en cuyo telón de fondo se plasman las sombras de la escena. Así, el beso proyecta su figura sobre la tela).

El besador bota la cobija y se levanta de la silla, enfurecido de que la luz lo persiga a todas partes. Camina un tramo, va de un lado a otro, la luz del reflector lo ilumina todo el tiempo. Se detiene, busca en su bolsa del pantalón una cinta adhesiva, la encuentra, se pone en cuclillas, comienza a pegar pedazos de cinta en el suelo, justo en la frontera de la luz circular que se dibuja sobre el piso, una mitad de la tira queda en la parte oscura y la otra en la de luz. Ha pegado varias tiras en el contorno luminoso, supone que ha logrado sujetarlo al suelo.  Ajusta un poco las cintas, se levanta seguro de que el reflector ya no podrá moverse de lugar, da un brinco saliendo del aro de luz. Corre a besar a su amada de humo, que lo espera en la mesita. En el momento que inicia su beso, la luz de nuevo irrumpe.

 

 

III

Pide en el último acto que quiten la red bajo la cuerda, esta vez cruzará sin ningún seguro, se lo ha prometido a los enanos. Todo ha salido muy bien de ida, de regreso pierde el equilibrio, a mitad del alambre se tambalea y resbala. Queda colgada a dos manos de la cuerda. El metal comienza a curtir sus palmas, las alterna mientras avanza hacia la orilla. Piensa en soltarse, no soporta más el escozor. Abajo intentan extender la red. Le han arrimado el estanque donde suele aterrizar el hombre bala. Además cuatro payasos sujetan los extremos de una sábana para que allí caiga. Como nunca, el mecanismo que despliega la red se ha trabado. El estanque es para expertos, no mide más de un metro de diámetro y nada de fondo. ¡La sábana que han dispuesto los payasos tiene en medio un agujero en forma de silueta!

 

 

Al Circo

Miguel Maldonado

Con ilustraciones de José Clemente Orozco Farías

Editorial Impronta

México, 2016

Podría también gustarte...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

/HeraldodePuebla
@HeraldoEl